Hay personas que llegan haciendo ruido, y hay otras que simplemente aparecen un día cualquiera, sonríen... y, sin pedir permiso, comienzan a habitar cada rincón de tu memoria.
Ella
pertenece al segundo grupo.
Todavía
no sé en qué momento dejó de ser una conversación para convertirse en un
pensamiento constante. Quizá fue una noche cualquiera, entre risas, audios
interminables y despedidas llenas de besos, o quizá fue mucho antes, el primer
día que la vi llegar en esa mesa, con esa sonrisa, su blusa negra y una mirada
coqueta, y comprendí que algunas personas tienen la extraña capacidad de
detener el tiempo sin siquiera intentarlo.
Tiene
el cabello oscuro como esas noches en las que uno no quiere dormir porque la conversación
todavía no termina, una mirada pequeña que, de alguna forma, siempre encuentra
el lugar exacto donde quedarse, una sonrisa capaz de volver ligero un día
pesado, y una ternura que… vaya uff, no hace ruido, pero permanece.
Hay
mujeres bonitas, y luego están esas mujeres que uno aprende de memoria, ella es
una de ellas.
Conozco
la forma en que celebra las pequeñas cosas, la manera en que convierte un
"¿cómo estás?" en una conversación de horas, la costumbre de aparecer
para preguntar por mis días, de responder una fotografía con una palabra
bonita, de despedirse dejando la sensación de que el mundo pesa un poco menos.
Nunca
me prometió nada, nunca me hizo creer algo que no existiera, simplemente me
abrió un espacio en su vida, mientras yo, en silencio, comenzaba a construir un
lugar para ella dentro de la mía.
A
veces imagino cómo sería caminar a su lado sin necesidad de llegar a ningún
sitio, hablar de todo y de nada a la vez como siempre se lo he dicho, Compartir
un café mientras el tiempo hace lo suyo, Reírnos de cualquier tontería hasta
olvidar la hora o cantar mil canciones, aunque no me sepa la letra.
Y
luego recuerdo que hay personas que llegan para enseñarnos que el cariño
también puede existir sin convertirse en la historia que imaginamos.
Quizá
ese sea el verdadero acto de amar, querer sin exigir, admirar sin poseer, permanecer
sin esperar recompensas.
No
voy a negar que, algunas noches, me pregunto cómo sería si algún día sus ojos
me miraran de la misma manera en que yo la miro. Sería mentira decir que no lo
he imaginado, pero también entiendo que el amor no nace porque alguien lo desee
con suficiente fuerza, nace cuando dos corazones deciden caminar hacia el mismo
lugar, y, aunque el suyo parezca mirar otro horizonte, eso no disminuye la
belleza de todo lo que me ha regalado sin darse cuenta.
Porque
existen personas que llegan para quedarse como un refugio, ella llegó para
convertirse en uno de los recuerdos más bonitos que la vida decidió escribirme.
Tal
vez nunca lea estas palabras, tal vez sí, Tal vez solo sea un lindo escrito o
tal vez llegue a lo más profundo de su alma, y, si algún día lo hace, solo
espero que descubra algo que nunca necesité decirle en voz alta:
Gracias.
Gracias
por existir de esa manera tan auténtica, por aparecer en mis días sin saber que
los hacías mejores, aunque a veces muera por sentirte cerca.
Y
Gracias por recordarme que, incluso cuando el amor no encuentra el mismo camino
de regreso, sigue siendo una de las formas más hermosas que tiene el corazón de
sentirse vivo.

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