La conocí en una de esas apps donde uno desliza esperando encontrar algo, sin saber muy bien qué. Ella llevaba tres meses más que yo en este país, ya con la ciudad medio aprendida, con ese acento nicaragüense que sonaba distinto entre tanto sol de julio y tanto asfalto caliente de Zaragoza.
Nos hemos visto tres veces. La última, una tarde de cine, entre bebidas compartidas, comida que se enfría porque se habla más de lo que se come, e historias que van y vienen. Salidas amistosas, dice ella. Salidas donde termino sabiendo más de su vida de lo que ella sabe de la mía, porque le gusta conversar, contar, preguntar, pero cuando le toca abrirse, se cierra despacio, como quien guarda algo que todavía no sabe si quiere mostrar. Le gusta trabajar, ganarse las cosas, hablar de dinero sin vergüenza, como quien tiene los pies bien puestos en la tierra.
Es más alta que yo. Tiene una mirada que dice una cosa, con esos ojos oscuros que caen un poco hacia afuera, como si siempre estuvieran a punto de contar un secreto. Pero el corazón, sospecho, dice otra. Es de esas personas complejas que uno no termina de leer del todo, ni en la tercera cita ni en la trigésima, quizás.
Esa última salida, al salir del cine, cayó una lluvia inesperada, apenas brisa, nada que ver con el calor que llevábamos encima toda la semana. La acompañé hasta la parada del bus, los dos un poco mojados, riendo de lo absurdo que es que llueva en pleno verano de Zaragoza, como si el clima también quisiera interrumpir algo que todavía no tiene nombre.
Después de cada salida queda un chat de WhatsApp que sigue vivo, que no se apaga del todo pero tampoco se enciende como para llamarlo algo más. Ni cita romántica, ni simple amistad, algo intermedio, algo que en esta ciudad que no es la mía, con alguien de una tierra que tampoco es la suya, se siente extrañamente cómodo así, sin nombre.
A veces pienso que así es como se viaja también: no solo por los lugares que se visitan, sino por las personas que se cruzan a medias, que dejan una conversación pendiente, una lluvia de verano compartida bajo una parada de bus, y un corazón que decide guardarse un poco más.
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