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El romance del sol y la luna | Eclipse Total



El 11 de julio de 1991 tenía 8 años cuando viví una de las experiencias más hermosas de mi vida. Por unos minutos, lo que era de día se volvió noche. Los pájaros callaron, la naturaleza cambió por completo, y dicen que hasta las gallinas se fueron a dormir, confundidas. Fue una sensación inexplicable para un niño que no entendía del todo lo que estaba pasando, solo que el mundo, por un instante, había dejado de ser el mismo.

Treinta y cinco años después, jamás me imaginé que lo volvería a vivir. Pero esta vez solo, en un país extraño, en una ciudad que no era mía. En mi niñez fue en familia; ahora sería en soledad, buscando un lugar donde disfrutar de algo que amo, que me encanta: el romance del sol y la luna, como dice esa canción que tanto me gusta ("Eclipse Total"). Sé que puede sonar cursi, ambiguo, una analogía romántica sobre lo que en realidad es solo física y astros. Pero para mí siempre fue belleza pura.



Cuando pasó lo del 91, decían que ese fenómeno se repetía cada 100 años en ese mismo lugar. Sabía que no viviría un siglo para volver a verlo ahí, así que lo disfruté a mi manera, con ojos de niño, sin saber que el destino me tenía guardada otra cita. Hace un par de años hubo un eclipse parcial, pero no fue ni la mitad de espectacular que el de los noventa.

Al llegar a esta nación, y con apenas un mes viviendo en ella, descubrí que justo en la ciudad donde estoy (Zaragoza) iba a ocurrir un fenómeno parecido al que viví hace tantos años. Solo que esta vez, estaría solo.

Así que fui. Caminé con mis gafas compradas el día anterior, recorrí las calles de Zaragoza hasta llegar a El Pilar, ese lugar que ya se sentía mío. Ahí estaba ya la multitud, una cantidad impresionante de gente. Sabía que no lograría verlo desde el puente, así que busqué otro ángulo, otro rincón desde donde presenciarlo a mi manera.


Eran las 7:35 cuando llegué al punto justo en el momento en que empezaba: la luna coqueteándole al sol, despacio, casi con timidez. La gente seguía llegando sin parar. El clímax estaba por comenzar. Faltaban diez minutos y mi emoción crecía. Compartí mi alegría con una persona al otro lado del móvil, queriendo que alguien más sintiera lo que yo estaba sintiendo. Disfruté cada segundo.


Y entonces llegó el momento: de repente volvió a oscurecer. Mi piel se erizó. Estaba grabando, pero sobre todo estaba viviendo el clímax con mis propios ojos. La gente gritaba de emoción a mi alrededor. Un nudo se formó en mi garganta, rozó mi piel, me trajo recuerdos de aquel niño de 8 años que no entendía nada y lo entendía todo al mismo tiempo.

Sé que para muchos esto puede sonar cursi, aburrido, sin sentido. Para mí es experiencia. Es amor. Es divinidad. Es perfección. Es naturaleza. Es vida. Es locura.

Aún recuerdo ese día: las 8:34, y el mundo detenido por un minuto y veinte segundos. Exactamente igual que hace 35 años, solo que esta vez, lo viví solo… y de alguna manera, también acompañado.

 



Escribir esto me llevó a un lugar muy dentro de mí, y compartirlo contigo es parte de lo que le da sentido a este blog. Si sentiste algo al leerlo, puedes invitarme un café en Ko-fi — cada aporte me ayuda a seguir dejando el alma en cada letra.

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