El mirador había estado tranquilo esa tarde. Pocas nubes, luz dorada cayendo sobre la ciudad, el tipo de vista que invita a quedarse un rato más solo para no olvidar cómo se sentía la calma. Él tomó varias fotos, algunas del horizonte, otras del banco de piedra donde solía sentarse, sin saber que apenas el día anterior alguien más había estado justo ahí, con la misma intención de guardar ese instante en una imagen.
Ya en la librería, el aire olía a
papel viejo y café recién servido en la pequeña cafetera del rincón. Él
caminaba entre los estantes de suspenso, pasando los dedos por los lomos de los
libros, buscando algo que lo atrapara. Fue entonces cuando la vio — o más bien,
vio su mano llegar al mismo libro que él ya había decidido llevarse. Ambos se
quedaron quietos un segundo, mirando el libro y luego mirándose, con esa risa
incómoda y dulce que sale cuando dos desconocidos coinciden en algo tan
específico.
—Creo que los dos queríamos el
mismo —dijo ella, con una sonrisa que no escondía nada.
—Parece que sí. Buen gusto
—respondió él, todavía sosteniendo su lado del libro, sin querer soltarlo del
todo.
Se rieron, ninguno insistió en
quedarse con el ejemplar, había otro en el estante de al lado, pero la
conversación ya había empezado, y ninguno de los dos parecía tener prisa por
terminarla. Hablaron del libro, de qué esperaban de la historia, de si
preferían el suspenso lento o el que golpea desde la primera página, en algún
momento, él sacó el celular para tomarle una foto a la portada, quería guardar
el título para no olvidarlo, y al abrir la galería, apareció, sin pedir
permiso, la foto del mirador del día anterior.
Ella la vio. Y sonrió de una forma distinta, más callada, más suya.
Él se sintió un poco tímido, sin
saber bien por qué esa sonrisa lo había puesto nervioso.
—¿Y esa sonrisa? —se atrevió a
preguntar.
—Es que estamos tomando el mismo
libro… y ahora resulta que también tienes una foto de un lugar que es de mis
favoritos para leer y pensar.
Él miró la pantalla como si la
viera por primera vez, Precisamente vengo de allá. Iba a ir al centro
comercial, la verdad, pero cambié de parecer a último momento, vine a comprar
algo para leer justo en ese lugar.
Ninguno de los dos lo dijo, pero
ambos pensaron lo mismo: qué extraño y qué bonito, que el día los hubiera
llevado por los mismos sitios sin cruzarse hasta ahora. La conversación siguió,
ligera, sin agenda. No hablaron de números, ni de redes sociales, ni de nombres
completos. Solo hubo comentarios, risas pequeñas, silencios cómodos entre una
frase y otra.
—Vea pues —dijo él al fin, con
media sonrisa—. Pequeños detalles.
—Sí —respondió ella—. A veces
pasa.
Y ahí se quedó la conversación,
suspendida en ese punto donde cualquiera de los dos pudo haber dado un paso más
y ninguno lo dio.
En la cabeza de él, la pregunta
empezó a dar vueltas casi de inmediato: ¿por qué la dejé ir así, sin más? Algo
en él quería quedarse con el momento, prolongarlo, pedirle al menos su nombre.
Pero otra parte, más cautelosa, prefería no forzar nada. Si el destino los
había cruzado tantas veces sin que lo supieran, pensó, tal vez lo correcto era
dejar que hiciera lo suyo cuando tuviera que hacerlo. No quería que las cosas
fueran rápidas. No después de todo lo que había cargado.
Ella pensaba algo parecido,
aunque desde un lugar distinto. No quería amigos nuevos, ni mucho menos una
relación. Hacía tiempo, alguien a quien había amado le rompió algo que no
terminó de sanar del todo: le había ocultado que tenía pareja, se lo ocultó
siempre, hasta que ella misma lo descubrió y decidió irse. Fue una decisión que
la marcó más de lo que hubiera querido admitir, y de la que solo empezó a
recuperarse mucho tiempo después. Desde entonces prefería guardar su vida en el
anonimato, sin abrir puertas que no supiera si podría cerrar después. Prefería
ver momentos como este, bonitos, breves, sin nombre, como algo que simplemente
pasó con alguien que, por casualidad, compartía sus gustos.
Pagaron sus libros casi al mismo
tiempo, en cajas distintas. Se despidieron con un gesto silencioso, sin decir
mucho más, y cada uno tomó su camino, sin saber si el destino, tan insistente
hasta ahora, decidiría cruzarlos una vez más.
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