Descargó tres aplicaciones de citas casi sin pensarlo, como quien abre la nevera sin hambre solo para tener algo que hacer con las manos. Empezó a deslizar.
Una foto en la playa. No. Otra con un perro enorme y una
sonrisa perfecta. Demasiado perfecta. Una copa de vino, luz de atardecer, una
frase ingeniosa en la biografía. Like.
No sabía exactamente qué estaba buscando. Solo sabía lo que
no quería: no quería enamorarse, no quería promesas, no quería volver a
explicarle a alguien dónde estaba, con quién estaba o qué sentía. Quería salir.
Reírse. Tomar algo. Quizás besar a alguien sin saber su apellido. Despertarse
al día siguiente sin deberle nada a nadie. Y, sobre todo, dejar de pensar en la
anterior, aunque fuera por una noche.
Estaba en eso cuando llegó el mensaje de sus amigos: el bar
de siempre, la hora de siempre. Se levantó, se arregló un poco —lo justo para
no parecer que le importaba— y, justo antes de salir, abrió la aplicación una
vez más para dar el último vistazo del día.
Ahí estaba ella.
No era su tipo. No tenía por qué serlo. Pero había algo en la
foto, o en la biografía, o simplemente en el momento exacto en que apareció en
la pantalla, que hizo que el dedo se moviera solo. Like.
Match.
Se quedó mirando el teléfono un segundo de más. Después se lo
guardó en el bolsillo y salió.
En el bar, los amigos ya lo esperaban con una cerveza fría
estirada hacia él. Sonrió, brindó, buscó con la mirada sin querer buscar y
encontró a una chica al otro lado del lugar. La sensación duró poco: un chico
se acercó a ella con la confianza de quien ya conoce el terreno, y él volvió la
vista a su mesa sin darle más vueltas.
Las cervezas empezaron a hacer lo suyo. Grabaron un par de
trends de TikTok que probablemente nadie iba a ver, se rieron de lo mal que
bailaban, y en algún momento uno de ellos, envalentonado, se levantó directo
hacia dos chicas que estaban solas en una mesa —algo raro en ese bar, donde
todos se conocían de vista.
—No vayas, no sabemos quiénes son —le dijo alguien.
No hizo caso. Fue. Volvió cinco minutos después con la
sonrisa un poco más apagada y una excusa a medias que nadie le creyó. Los demás
se rieron de él el resto de la noche.
Él se rió también. Pero cada tanto, sin que se notara
demasiado, sacaba el teléfono, miraba si ella había escrito algo, y lo volvía a
guardar.
Al otro lado de la ciudad, la pijamada ya había empezado.
Pijamas de colores, comida repartida según el color que le tocó a cada una, la
música baja todavía porque era temprano. Una de ellas no soltaba el celular,
grabando cada segundo para sus redes. Ella intentaba estar ahí, reírse en el
momento correcto, pero tenía la cabeza en otro lado.
—Tienes que dejarlo ir —le dijo una de sus amigas, sin que
nadie se lo pidiera—. Te tuvo de segunda. Nunca te dio tu lugar. Y ahora que te
fuiste, ahí sí quiere.
Ella asintió, porque era más fácil que explicar que no estaba
pensando exactamente en él.
La noche avanzó entre juegos de mesa, risas, y esa forma tan
particular que tienen las amigas de convertir un despecho en chiste. Nadie
mencionó que él no había "rendido" en la cama sin que todas se
murieran de risa. Después llegaron los trends, las fotos, y finalmente el live.
Los comentarios empezaron a entrar rápido.
"La de negro está preciosa 😍" "¿De dónde son?" "Hagan batalla
con la otra cuenta"
Un regalo virtual cruzó la pantalla. Después otro. La amiga
del celular soltó una carcajada y le apretó la mano a ella, que sonreía —una
sonrisa que sostenía con esfuerzo, como quien aguanta un peso liviano pero
constante.
Por un segundo, en medio de las luces del filtro y los
corazones subiendo por la pantalla, pensó en un chico de una librería.
De vuelta en el bar, entre el ruido y las risas de sus
amigos, él sacó el teléfono una vez más. El match seguía ahí, en silencio, sin
que nadie hubiera roto el hielo todavía.
Escribió algo. Lo borró. Volvió a escribir. Lo miró un
momento.
No llegó a decidir si enviarlo.
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Aquí tienes toda la historia de Antes de conocernos, por si vas llegando ahora o quieres repasar el camino hasta aquí:
- Capítulo 1
- Capítulo 2: Pasajeros que casi se cruzan
- Capítulo 3: El tranvía de cada tarde
- Capítulo 4: El mismo libro

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