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Antes de Conocernos - Capítulo 5: El Match Que No Debía Pasar

Descargó tres aplicaciones de citas casi sin pensarlo, como quien abre la nevera sin hambre solo para tener algo que hacer con las manos. Empezó a deslizar.

Una foto en la playa. No. Otra con un perro enorme y una sonrisa perfecta. Demasiado perfecta. Una copa de vino, luz de atardecer, una frase ingeniosa en la biografía. Like.

No sabía exactamente qué estaba buscando. Solo sabía lo que no quería: no quería enamorarse, no quería promesas, no quería volver a explicarle a alguien dónde estaba, con quién estaba o qué sentía. Quería salir. Reírse. Tomar algo. Quizás besar a alguien sin saber su apellido. Despertarse al día siguiente sin deberle nada a nadie. Y, sobre todo, dejar de pensar en la anterior, aunque fuera por una noche.

Estaba en eso cuando llegó el mensaje de sus amigos: el bar de siempre, la hora de siempre. Se levantó, se arregló un poco —lo justo para no parecer que le importaba— y, justo antes de salir, abrió la aplicación una vez más para dar el último vistazo del día.

Ahí estaba ella.

No era su tipo. No tenía por qué serlo. Pero había algo en la foto, o en la biografía, o simplemente en el momento exacto en que apareció en la pantalla, que hizo que el dedo se moviera solo. Like.

Match.

Se quedó mirando el teléfono un segundo de más. Después se lo guardó en el bolsillo y salió.

En el bar, los amigos ya lo esperaban con una cerveza fría estirada hacia él. Sonrió, brindó, buscó con la mirada sin querer buscar y encontró a una chica al otro lado del lugar. La sensación duró poco: un chico se acercó a ella con la confianza de quien ya conoce el terreno, y él volvió la vista a su mesa sin darle más vueltas.

Las cervezas empezaron a hacer lo suyo. Grabaron un par de trends de TikTok que probablemente nadie iba a ver, se rieron de lo mal que bailaban, y en algún momento uno de ellos, envalentonado, se levantó directo hacia dos chicas que estaban solas en una mesa —algo raro en ese bar, donde todos se conocían de vista.

—No vayas, no sabemos quiénes son —le dijo alguien.

No hizo caso. Fue. Volvió cinco minutos después con la sonrisa un poco más apagada y una excusa a medias que nadie le creyó. Los demás se rieron de él el resto de la noche.

Él se rió también. Pero cada tanto, sin que se notara demasiado, sacaba el teléfono, miraba si ella había escrito algo, y lo volvía a guardar.

Al otro lado de la ciudad, la pijamada ya había empezado. Pijamas de colores, comida repartida según el color que le tocó a cada una, la música baja todavía porque era temprano. Una de ellas no soltaba el celular, grabando cada segundo para sus redes. Ella intentaba estar ahí, reírse en el momento correcto, pero tenía la cabeza en otro lado.

—Tienes que dejarlo ir —le dijo una de sus amigas, sin que nadie se lo pidiera—. Te tuvo de segunda. Nunca te dio tu lugar. Y ahora que te fuiste, ahí sí quiere.

Ella asintió, porque era más fácil que explicar que no estaba pensando exactamente en él.

La noche avanzó entre juegos de mesa, risas, y esa forma tan particular que tienen las amigas de convertir un despecho en chiste. Nadie mencionó que él no había "rendido" en la cama sin que todas se murieran de risa. Después llegaron los trends, las fotos, y finalmente el live.

Los comentarios empezaron a entrar rápido.

"La de negro está preciosa 😍" "¿De dónde son?" "Hagan batalla con la otra cuenta"

Un regalo virtual cruzó la pantalla. Después otro. La amiga del celular soltó una carcajada y le apretó la mano a ella, que sonreía —una sonrisa que sostenía con esfuerzo, como quien aguanta un peso liviano pero constante.

Por un segundo, en medio de las luces del filtro y los corazones subiendo por la pantalla, pensó en un chico de una librería.

De vuelta en el bar, entre el ruido y las risas de sus amigos, él sacó el teléfono una vez más. El match seguía ahí, en silencio, sin que nadie hubiera roto el hielo todavía.

Escribió algo. Lo borró. Volvió a escribir. Lo miró un momento.

No llegó a decidir si enviarlo.



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