Hay objetos que no eligen acompañarte, simplemente terminan haciéndolo. La mía es una libreta de tapa dura, de esas que caben en cualquier bolsillo grande o en el fondo de una mochila, entre las llaves y algún billete arrugado. La llevo desde antes de saber que iba a necesitarla tanto.
En la era de los celulares, de las notas de voz y los mensajes que se escriben con el pulgar mientras caminamos, sigo escribiendo a mano. No sé si es costumbre o necesidad, pero hay algo en el trazo lento de un bolígrafo sobre el papel que ninguna pantalla logra igualar. Ahí quedan los versos que se me ocurren esperando el tranvía, las frases sueltas que nacen a mitad de una caminata por El Pilar, los nombres de calles que no quiero olvidar, los pensamientos que llegan de madrugada y que si no anoto, se escapan como agua entre los dedos.
Esta es la libreta que llevo conmigo La misma que estuvo en mi bolsillo el día del eclipse, la misma que abrí después de conocer a alguien nuevo en esta ciudad que no es la mía, la misma que ha recogido fragmentos de casi todo lo que después se convierte en una entrada de este blog.
Escribir a mano tiene algo de ritual. Es más lento, sí, pero también más honesto. No hay corrector automático, no hay borrar con un clic. Lo que se escribe, se queda, tachado o no, imperfecto, real.
Si tú también sientes esa necesidad de anotar lo que la vida te va dejando en el camino, aquí tienes la libreta que uso yo la que me acompaña cuando las palabras llegan sin avisar.
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