Hay heridas que no se notan en la piel, pero cambian la forma en la que alguien entra a un cuarto. Ella siempre fue de esas personas que llenan un lugar sin proponérselo, de esas que se ríen fuerte, que se saben las coreografías de TikTok sin practicarlas dos veces, se sabe todas las canciones de Disney, que abrazan a todo el mundo aunque después, cuando nadie mira, se queden calladas más tiempo del que deberían.
Amaba demasiado. Esa fue
siempre su forma de querer: sin medida, sin freno, entregando cada parte de sí
misma como si el amor fuera algo que se gastara más rápido si no se usaba
entero. Y así amó a quien no debía.
Se enteró de la peor
manera. No fue una confesión, no fue una conversación difícil ni una despedida
con dignidad. Fue un mensaje que no era para ella, una foto que no debía ver,
un nombre que empezó a repetirse en lugares donde no tenía por qué estar. Él
estaba comprometido. Lo había estado todo ese tiempo, mientras la buscaba a
ella los fines de semana, mientras le prometía cosas que ya le había prometido
a otra persona primero. Nunca la valoró. Ni siquiera cuando la tuvo.
Sus amigas fueron su
primer refugio.
—Ese man no sirve para
nada, es un idiota —le dijo una, sosteniéndole la mano mientras ella todavía no
encontraba las palabras.
—Tienes que vivir, tienes
que disfrutar, él ya vivió todo eso y a ti te falta probar de todo, comienza a
vivir —le insistía otra—. No le vas a regalar más tiempo a alguien que nunca te
lo mereció.
Ella escuchó. Y por un
tiempo lo intentó a su manera: salió con alguien más, alguien que parecía tener
todo lo que el anterior no tuvo. Pero el corazón no siempre sigue la lógica de
"esto debería funcionar". No funcionó. No porque él estuviera mal,
sino porque ella todavía cargaba pedazos de algo que no había terminado de
sanar, y no es justo pedirle a alguien nuevo que cargue con los restos de una
guerra que no empezó.
Así que decidió algo
distinto: irse.
No huir (eso era lo que
se repetía cuando alguien le preguntaba), sino empezar de nuevo en un lugar
donde nadie supiera su historia, donde nadie la mirara con esa lástima
disfrazada de cariño que tanto le costaba soportar. Dos de sus amigas de
siempre se apuntaron sin pensarlo dos veces; para ellas también era una
aventura, un país nuevo, un capítulo distinto. Ya allá, entre clases y ciudad
nueva, se sumaron dos más, compañeras de universidad que terminaron siendo tan
cercanas como si las conociera de toda la vida. Cinco mujeres, cinco historias,
un mismo país que de a poco empezaba a sentirse menos extraño.
Había pasado ya más de un
año desde todo aquello. Ella se reía distinto ahora, más de verdad, aunque de
vez en cuando (en una canción, en una foto vieja, en una despedida cualquiera)
algo se le quebraba por dentro sin avisar. No hablaba mucho de eso. En el
fondo, prefería que la conocieran por sus playlists de rock y reguetón
mezclados sin vergüenza, por saberse de memoria una escena de Marvel y otra de
DC en la misma conversación, por defender a capa y espada su anime favorito,
por cantar canciones de despecho a todo pulmón como si fueran de otra persona y
no de ella misma.
Era divertida, cariñosa,
de esas que dan consejos de amor sin pedir nada a cambio. Pero con los
desconocidos (y a veces hasta con los conocidos) hablaba lo justo. Reservaba
las palabras largas para las cuatro amigas que ya sabían de memoria su historia
completa, la buena y la que dolía.
El amor, mientras tanto,
seguía tocando la puerta de vez en cuando. Ella no siempre le abría.
El sábado empezó como
casi todos: tarde de centro comercial, las cinco juntas, gritando en cada juego
extremo como si el susto compartido fuera parte esencial de la amistad. Se
subieron a todo lo que encontraron, se rieron de las caras que ponían en las
fotos que la máquina tomaba sin avisar, compraron algo de comer sin ponerse de
acuerdo en qué.
—Hoy hay que salir —dijo
una de ellas, todavía con la adrenalina en la voz—. Bar, música, tragos. Lo de
siempre.
Nadie puso resistencia.
Después de una semana entera de rutina en un país que aún les quedaba grande en
algunos días y pequeño en otros, un bar sonaba exactamente a lo que
necesitaban.
Ella asintió, aunque por
un segundo, sin que las demás lo notaran, pensó en todas las noches que ese
mismo plan (bar, música, tragos) había terminado con ella fingiendo estar bien.
Pero también pensó en lo distinta que se sentía ahora, un año y varios países
después.
Se arregló despacio esa
tarde, eligiendo la ropa como quien elige un ánimo. Y mientras se maquillaba
frente al espejo, se prometió, como tantas otras veces, que esta noche no iba a
pensar en nadie del pasado.
No sabía todavía que el
destino, paciente y terco como siempre, ya había puesto en marcha algo que ella
no vería venir.
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