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Antes de conocernos — Capítulo 6: La chica que amó demasiado

Hay heridas que no se notan en la piel, pero cambian la forma en la que alguien entra a un cuarto. Ella siempre fue de esas personas que llenan un lugar sin proponérselo, de esas que se ríen fuerte, que se saben las coreografías de TikTok sin practicarlas dos veces, se sabe todas las canciones de Disney, que abrazan a todo el mundo aunque después, cuando nadie mira, se queden calladas más tiempo del que deberían.

Amaba demasiado. Esa fue siempre su forma de querer: sin medida, sin freno, entregando cada parte de sí misma como si el amor fuera algo que se gastara más rápido si no se usaba entero. Y así amó a quien no debía.

Se enteró de la peor manera. No fue una confesión, no fue una conversación difícil ni una despedida con dignidad. Fue un mensaje que no era para ella, una foto que no debía ver, un nombre que empezó a repetirse en lugares donde no tenía por qué estar. Él estaba comprometido. Lo había estado todo ese tiempo, mientras la buscaba a ella los fines de semana, mientras le prometía cosas que ya le había prometido a otra persona primero. Nunca la valoró. Ni siquiera cuando la tuvo.

Sus amigas fueron su primer refugio.

—Ese man no sirve para nada, es un idiota —le dijo una, sosteniéndole la mano mientras ella todavía no encontraba las palabras.

—Tienes que vivir, tienes que disfrutar, él ya vivió todo eso y a ti te falta probar de todo, comienza a vivir —le insistía otra—. No le vas a regalar más tiempo a alguien que nunca te lo mereció.

Ella escuchó. Y por un tiempo lo intentó a su manera: salió con alguien más, alguien que parecía tener todo lo que el anterior no tuvo. Pero el corazón no siempre sigue la lógica de "esto debería funcionar". No funcionó. No porque él estuviera mal, sino porque ella todavía cargaba pedazos de algo que no había terminado de sanar, y no es justo pedirle a alguien nuevo que cargue con los restos de una guerra que no empezó.

Así que decidió algo distinto: irse.

No huir (eso era lo que se repetía cuando alguien le preguntaba), sino empezar de nuevo en un lugar donde nadie supiera su historia, donde nadie la mirara con esa lástima disfrazada de cariño que tanto le costaba soportar. Dos de sus amigas de siempre se apuntaron sin pensarlo dos veces; para ellas también era una aventura, un país nuevo, un capítulo distinto. Ya allá, entre clases y ciudad nueva, se sumaron dos más, compañeras de universidad que terminaron siendo tan cercanas como si las conociera de toda la vida. Cinco mujeres, cinco historias, un mismo país que de a poco empezaba a sentirse menos extraño.

Había pasado ya más de un año desde todo aquello. Ella se reía distinto ahora, más de verdad, aunque de vez en cuando (en una canción, en una foto vieja, en una despedida cualquiera) algo se le quebraba por dentro sin avisar. No hablaba mucho de eso. En el fondo, prefería que la conocieran por sus playlists de rock y reguetón mezclados sin vergüenza, por saberse de memoria una escena de Marvel y otra de DC en la misma conversación, por defender a capa y espada su anime favorito, por cantar canciones de despecho a todo pulmón como si fueran de otra persona y no de ella misma.

Era divertida, cariñosa, de esas que dan consejos de amor sin pedir nada a cambio. Pero con los desconocidos (y a veces hasta con los conocidos) hablaba lo justo. Reservaba las palabras largas para las cuatro amigas que ya sabían de memoria su historia completa, la buena y la que dolía.

El amor, mientras tanto, seguía tocando la puerta de vez en cuando. Ella no siempre le abría.

El sábado empezó como casi todos: tarde de centro comercial, las cinco juntas, gritando en cada juego extremo como si el susto compartido fuera parte esencial de la amistad. Se subieron a todo lo que encontraron, se rieron de las caras que ponían en las fotos que la máquina tomaba sin avisar, compraron algo de comer sin ponerse de acuerdo en qué.

—Hoy hay que salir —dijo una de ellas, todavía con la adrenalina en la voz—. Bar, música, tragos. Lo de siempre.

Nadie puso resistencia. Después de una semana entera de rutina en un país que aún les quedaba grande en algunos días y pequeño en otros, un bar sonaba exactamente a lo que necesitaban.

Ella asintió, aunque por un segundo, sin que las demás lo notaran, pensó en todas las noches que ese mismo plan (bar, música, tragos) había terminado con ella fingiendo estar bien. Pero también pensó en lo distinta que se sentía ahora, un año y varios países después.

Se arregló despacio esa tarde, eligiendo la ropa como quien elige un ánimo. Y mientras se maquillaba frente al espejo, se prometió, como tantas otras veces, que esta noche no iba a pensar en nadie del pasado.

No sabía todavía que el destino, paciente y terco como siempre, ya había puesto en marcha algo que ella no vería venir.



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